Estoy contigo para librarte
¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas para todo el país! Ni he prestado ni me han prestado, y todos me maldicen.Cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre fue pronunciado sobre mí, Señor, Dios de los ejércitos. No me senté a disfrutar con los que se divertían; forzado por tu mano, me senté solitario, porque me llenaste de ira. ¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga, y mi herida enconada e incurable? Te me has vuelto arroyo engañoso, de aguas inconstantes.
Entonces respondió el Señor:
«Si vuelves, te haré volver a mí, estarás en mi presencia; si separas lo precioso de la escoria, serás mi boca. Que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos. Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte y salvarte -oráculo del Señor-. Te libraré de manos de los perversos, te rescataré del puño de los opresores.»
2. Llevado de su sufrimiento, Jeremías ora quejándose a Dios: Dios mío, te has vuelto para mí un venero de agua engañosa. Dios le responde que se convierta más profundamente a Él para que esté siempre en su presencia y Dios estará siempre a su lado. La purificación es para separar “lo precioso de la escoria”. Y lo precioso es la unión con Dios, recibiendo su Palabra amorosamente para ser su boca, sea cual sea la respuesta de los hombres. Porque el secreto de Jeremías es que es pertenencia de Dios, es suyo. Unido a Dios así, purificado como oro en el crisol, Dios hace de Jeremías “muralla de bronce inexpugnable”: los que luchen contra él no le podrán. Esta fortaleza invencible de Jeremías es “porque yo estoy contigo para librarte”, “Dios es mi refugio en el peligro” (Sal 58). Es el secreto de Jeremías: Dios está con él. Por eso, Dios le señala la regla por la que se ha conducir: “que ellos se conviertan a ti, no te conviertas tú a ellos”. Cuando Dios purifica así a un cristiano y lo santifica así, y esta convicción entra en su corazón, no hay quien le venza. A los ojos de los demás, su actitud puede parecer soberbia o tozudez, cuando en realidad, purificado por la prueba, su corazón es verdaderamente humilde, apoyado y sustentado en la fuerza de Dios. Un santo purificado por el amor de Dios, convertido en una muralla inexpugnable, es capaz de convertir al más duro de corazón. Pidamos a Dios que llegue ese día en que, como Jeremías, seamos fuertes y vencedores que convierten a los pecadores con el ejemplo esplendoroso de su santidad, pues nosotros no nos vamos a convertir a sus malos caminos.
